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La jirafa Margarita cumple su sueño en Samaca Orgánico

Mar y Luis Eduardo jugando en la Feria Internacional del Libro de Lima

Hace poco presenté mi libro infantil La jirafa Margarita cumple su sueño, ilustrado por Zurecia, en la Feria Internacional del Libro de Lima.

Ahora tendremos la oportunidad de presentarlo en Samaca Orgánico, el sábado 19 de agosto a las 11 a.m. En la oportunidad tendremos juegos lectores, adivinanzas de animales y un cuentacuentos musicalizado por Mar Gonzales Carrión.

En la oportunidad tendremos a la venta el libro, el cual tiene un mensaje motivacional y viene con un estuche con un juego de mesa.

¡Los invitamos a pasar una tarde mágica y divertida!

Facilitadores
Luis Eduardo Vivero es escritor de literatura infantil y especialista en fomento de la lectura infantil. Ha llevado a cabo actividades en Costa Rica, Chile y desde julio del 2015 en Perú. Actualmente desarrolla el proyecto Club de Lectura Infantil Preguntines.
De forma adicional es miembro del Consejo Municipal del Libro y la Lectura en la Municipalidad de San Miguel.

Mariana Gonzales Carrión es administradora turística de profesión. Amante del arte en todas sus formas, estudia teatro, clown y música. Una de sus grandes pasiones es cantar; cuando lo hace, los pequeñitos quedan encantados al igual que los ratones con el flautista de Hamelin. Le gusta viajar y lleva su ukelele a todas partes.

Costo de la actividad = S/.20
Costo de la actividad + libro = S/.50 (ahorras S/.5)

Ubicación
Av. Tejada 510, Barranco. A la altura de la cuadra 12, de la av. 28 de Julio de Miraflores).

Escritor de literatura infantil y de cuentos para niños grandes. Emprendedor, meditador e Ingeniero electrónico. Viajero cósmico y enamorado de la vida.
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Lanzamiento de álbum ilustrado motivacional

La jirafa Margarita cumple su sueño

¡Buenas noticias! Este sábado 5 de agosto lanzaré mi libro infantil La jirafa Margarita cumple su sueño, el cual tiene un mensaje motivacional. La presentación se realizará en la Feria Internacional del Libro de Lima. En la actividad contaremos con Silvia Sugasti, la ilustradora (conocida en el ámbito artístico como Zurecia). También con la cantante y música Mar Gonzales Carrión, y Claudia Lidia’ en el arte clown.

El texto fue editado por Ediciones Altazor, una editorial que estuvo dispuesta a apostar por nuestra propuesta diferente y enriquecida por las actividades artísticas que realizamos en el Club de Lectura Infantil Preguntines.

La actividad se realizará en el teatrín La casa de cartón a las 4 p.m, en el Parque de los Próceres de la Independencia, ubicado en la cuadra 17 de la Av. Salaverry, Jesús María.

Te invitamos a asistir y a seguir el evento en Facebook.

 

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Cuentos infantiles: Un duro revés

Por Luis Eduardo Vivero.

Lalito estuvo persiguiendo al gato durante toda la mañana hasta que finalmente lo atrapó. Por fortuna, Guachimán no lo arañó ni nada por el estilo, sino que se rindió ante su suerte y destino. Entonces el pequeñito transportó como pudo al felino bajo su brazo, como quien lleva una pelota de fútbol. De hecho el «Guachi» estaba bastante gordito…

Junto a ellos iba Rocky, un perro tremendo y fuerte, el guardián de la familia. No hacía nada mientras no hubiera alguna amenaza real, y acompañaba a Lalito a donde fuera, moviendo la cola y babeando por todas partes.

Cuando Lalito llegó a la sala del lavado, abrió la puerta de la lavadora e intentó echar adentro al «Guachi», cosa que como imaginarán no fue nada de fácil, porque el gato se sujetó con las garras y todas sus fuerzas a la puerta redonda. Aquí fue cuando la historia dio un giro inesperado; justo en el momento en que Lalito tomó impulso para empujar al «Guachi», este último se corrió hacia un lado, quedando el niño dentro de la lavadora. Rocky paró las orejas y se puso nervioso, no era para menos. Entonces sin esperar a que Lalito pudiera salir de la lavadora, el «Guachi» presionó el botón Inicio de la lavadora…

La máquina comenzó a dar vueltas y Lalito se puso pálido, más que nada por el mareo que le producían las vueltas y por el agua que comenzaba a tragar. Ahí Rocky se puso a ladrar para llamar la atención de los humanos. Luego de otras tres vueltas de la lavadora, el «Guachi» presionó el botón nuevamente para detener la lavadora, por lo cual Lalito pudo salir. No le había pasado gran cosa, pero sí se había llevado un gran susto.

Los adultos llegaron corriendo a ver qué estaba pasando; encontraron el piso todo mojado y un poco de vómito. Lalito estaba bien y Rocky le había estado limpiando la cara a lengüetazos. Entonces sucedió algo increíble: el «Guachi» se había metido adentro de la lavadora y se estaba haciendo el muerto. La mamá de Lalito reprendió fuertemente a su hijo por lo que había hecho, y el papá recriminó a Rocky por no haber hecho su trabajo como cuidador del hogar.

Como resultado, la mamá tomó al «Guachi» en brazos y lo tapó con una manta, mientras le hacía cariño. El papá llevó a Lalito a cambiarse ropa y Rocky se quedó castigado en el patio.

Lalito nunca más volvió a hacerlo.

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Cuentos infantiles: Anahata, el niño que se transformó en una flor

El campo de margaritas en donde corría Anahata

Por Luis Eduardo Vivero.

Dedicado a Anahata Beltrán, quien es feliz en su jardín secreto.

Anahata era un niño travieso que gustaba de correr como loco por el campo de margaritas que había en una planicie extensa apenas salía de la puerta de su casa. Anahata solía decir que tenía un patio gigantesco, un verdadero regalo de la naturaleza.

Su mamá lo perseguía para que hiciera sus deberes, pero él siempre lograba escaparse y perderse en el campo de margaritas, en donde no solo se encontraba consigo mismo, sino que con un montón de seres que habitaban el jardín de flores. Entre ellas había una hada llamada Jimena; cierta mañana en la que Anahata estaba descansando de espalda sobre la hierba, con la mirada perdida en el azul eterno, se le acercó la hada Jimena y le preguntó lo siguiente:

Querido Anahata,

dime cuál es el deseo de tu corazón

que en un dos por tres lo cumpliré.

Querido Anahata,

Piénsalo bien porque no se puede deshacer,

lo que pidas se cumplirá

en un dos por tres.

El pequeño Anahata no lo pensó mucho porque desde hacía mucho tiempo sabía lo que quería ser, por lo cual respondió:

Querida hada Jimena

quiero ser una margarita

para bailar con el sol de la mañana

y esconderme apenas salga la luna

para ser amigo de una araña

para estar al lado de la aceituna.

El hada lo miró a los ojos, extrañada por tal solicitud, y le preguntó nuevamente: Anahata, ¿estás realmente seguro de emprender esta aventura? Recuerda que no se puede deshacer, no lo decidas con premura.

El niño la miró a los ojos con una paz enorme, y mientras el amarillo se reflejaba en sus pupilas, asintió con la cabeza.

A la hada Jimena no le quedó más que concederle el deseo, entonces dijo las palabras mágicas:

Aladín aladao, cabeza de pescado

firulín firulito, cabeza de chorlito

por los poderes que tiene esta hadita

¡ahora serás una margarita!

Entonces Anahata ya no fue más un niño y se convirtió en una margarita, en la flor más espléndida que jamás había existido. Bailaba con el viento y seguía al sol como si fuera su mejor amigo. De vez en cuando escuchaba el eco de la voz de su mamá buscándolo, y él brillaba más para que ella se contentara con la belleza del campo florido.

Hasta que cierta mañana llegó el califa del reino con un montón de trabajadores, a recolectar sacos de flores para hacer los mejores perfumes. Entonces la flor que alguna vez había sido niño fue cortada y transportada en un saco a una fábrica de perfumes orientales. Ahí les quitaron los pétalos, el tallo, etc., y finalmente pusieron los pétalos en unos jarrones pintados, a los cuales les agregaron esencias provenientes de todos los confines del mundo.

La mamá quedó desolada al ver que el campo de margaritas ya no era el mismo de antes, y casi intuyéndolo, decidió continuar sus días, los cuales fueron opacos por mucho tiempo.

Los pétalos de margaritas cumplieron el período de tiempo requerido en los jarrones, entonces fueron vertidos en botellas, adornadas con pinturas de praderas coloridas, como en la que había vivido Anahata cuando había sido un niño.

Tres botellas llegaron a manos del emir, quien quedó encantado con el aroma, el cual le producía una felicidad increíble cada vez que olía de la botella. Entonces decidió regalarle dos al jeque más viejo del reino; al oler la fragancia, se transportó automáticamente a un campo maravilloso, en donde pudo oler las flores, sentir la brisa del viento y rozar con su mano la hierba silvestre. Fue algo excepcional, porque a su edad ya no podía caminar.

Fue así como el jeque decidió enviarle una botella al sultán. Cuando el sultán recibió la botella se la regaló a su esposa, porque quería alegrarle el día. Ella se puso una gota en la mano, entonces supo que la fragancia era única en el mundo. Se le vinieron a la mente los recuerdos de su infancia, cuando corría junto a un niñito en un campo de margaritas. Entonces le preguntó a su esposo si podía conseguir más. El sultán pidió conseguir todas las botellas existentes en el reino, las cuales no tardaron en llegar, llenando pasillos y bodegas completas.

La esposa, quien era una sabia, ordenó poner la fragancia en botellitas y que fueran regaladas a todos los habitantes del reino, con un papelito que decía lo siguiente:

Lo que está en el suelo

también está en el aire

es por eso que te respiro

y te llevo en mi corazón.

Porque tu amor es tan grande

como la llanura de mi niñez

tan colorido

como un campo de flores

tan fragante

como la brisa de la mañana

que me recuerda

que todo el amor del mundo

cabe en una sola margarita.

Y fue así como la mamá del pequeño Anahata recibió una botellita con la fragancia especial; apenas la abrió el aroma inundó su casa y hasta pudo escuchar a su hijo jugar por la pradera. Su rostro se llenó de lágrimas de emoción y supo que el amor de su hijo siempre estaría con ella, en las margaritas de la pradera.

 

Escritor de literatura infantil y de cuentos para niños grandes. Emprendedor, meditador e Ingeniero electrónico. Viajero cósmico y enamorado de la vida.
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Cuentos infantiles: Fue el gato

Por Luis Eduardo Vivero.

Dedicado a mi tía Susana Peña Donoso.

El bebé intentó escalar el corral en repetidas ocasiones, hasta que finalmente consiguió liberarse de los barrotes. No le pasó nada debido a que cayó sobre el gato. Al gato no le pasó mucho porque estaba echado sobre el perro, por lo cual amortiguó el golpe bastante bien. Al perro sí le dolió porque el gato le hundió las uñas debido al susto.

Tan pronto como el perro se paró de la impresión, el bebé salió rodando por el pasillo. Esta vez tampoco le pasó nada debido a que había una alfombra persa. Pero al rodar se le salió el pañal, el cual lamentablemente ensució la alfombra oriental.

Cuando llegó a la cocina, intentó alcanzar el biberón que estaba sobre la mesa, pero no alcanzaba. Entonces el gato se subió de un salto y lo arrojó al suelo de un manotazo. Afortunadamente no le cayó en la cabeza al bebé, pero sí sobre una pata del perro, quien dio un ladrido. Luego, el bebé agarró el biberón, y subiéndose sobre el perro lo metió en el microondas. Le dio golpecitos al azar al teclado del microondas, de forma infructuosa, por lo cual el gato lo ayudó, presionando el botón más grande con una de sus patas.

Lastimosamente el biberón se calentó más de la cuenta y el microondas explotó, causando un gran estruendo. Por fortuna el perro no salió herido esta vez, porque junto al gato y al bebé estaban bebiendo agua del excusado del baño de visitas.

Luego de un par de minutos de que había comenzado a salir humo, llegaron los vecinos, el conserje y los bomberos, quienes apagaron rápidamente el fuego del microondas. Entonces la mamá del bebé se dio cuenta de que estaba pasando algo extraño y salió del baño rápidamente, con solo una toalla en la cabeza. Dio un tremendo grito cuando se vio casi desnuda (salvo por la toalla en la cabeza) ante los vecinos, el conserje y los bomberos, por lo cual se devolvió al baño y se tapó con otra toalla.

Al salir de nuevo vio que su bebé estaba en perfecto estado, y mirando a todos dijo: seguro que fue el gato. Todos la miraron como si estuviera loca, salvo el bebé, el gato y el perro.

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Cuentos infantiles: Empapados

Cuento para el Día del Padre

Por Luis Eduardo Vivero, inspirado en una historia real.

Esta es la historia de Miguel Ángel, un hombre sin igual, alto como un árbol, con un bigote pequeño como de gato chico, y con el pelo como los picos más altos de Los Andes. Se caracterizaba por ser una persona muy alegre, que le daba el rostro a las dificultades y que cantando se zafaba de la tristeza.

Miguel Ángel tenía un excelente trabajo en una fábrica, con una gran oficina, un gran escritorio, una calculadora grande en la cual calculaba las grandes ganancias que generaba a través del gran número de personas que estaban a su cargo.

El trabajo le quedaba a unas pocas cuadras de su casa, por lo cual en las mañanas se despedía de Denisse y Eric, sus hijos, como también de Luisa, su esposa. Entonces se iba cantando bajo la sombra de los árboles, alegre, iluminando las calles: «caminando por el bosque un gatito me encontré, como no tenía nombre Micifuz yo le llamé. Ohh, Micifuz, qué peludo eres amigo, con tu cola de ratón y con pelo en el ombligo».

En la tarde cuando iba de vuelta a casa, lo hacía de la misma forma, tranquilo y cantando. Al llegar, saludaba a los chicos, a Luisa y también a Micifuz, un gato de peluche que Miguel Ángel dejaba mirando hacia la ventana, con el fin de que a su regreso le contara todo lo sucedido durante el día. «¿Qué el vecino se peleó con la vecina porque regó sus plantas con agua del baño? ¿Pero cómo el gato del frente se iba a comer al ratón de doña Juanita?», le respondía Miguel Ángel, mientras Denisse y Eric se destornillaban de la risa.

Todo iba genial en la vida de Miguel Ángel y su familia, hasta que cierta mañana se escucharon explosiones y silbidos de balas que iban y venían. En el país en que vivían había comenzado una guerra, y las guerras siempre son malas y traen muchas consecuencias. La primera cosa que le sucedió a Miguel Ángel fue que se quedó sin trabajo, por lo cual esa misma tarde tuvo que irse a casa con lo puesto. Al llegar les leyó un par de cuentos a los chicos, le preguntó a Micifuz qué había sucedido durante el día, y una vez que se fueron a dormir le contó todo a Luisa. Ella se preocupó un montón: «¿pero cómo lo vamos a hacer con la comida? ¡Hay que pagar la escuela de los chicos, también el agua, la luz, el gas y otras cosas!», exclamó ella, muy preocupada. A todo eso Miguel Ángel le dijo: «de alguna forma lo vamos a resolver, no te preocupes».

A la mañana siguiente, luego de despedirse de todos, Miguel Ángel salió de la casa con una maleta de herramientas en una mano, y en la otra una radio. Cualquier persona hubiera estado desanimada y triste, sin embargo él se fue contento. Preguntó en varios lugares si le podían dar trabajo, pero en todas partes le decían que estaban cerrando o que no habían vacantes. Esa mañana anduvo muchas cuadras, cantando alegremente bajo la lluvia: «caminando por el bosque un gatito me encontré, como no tenía nombre Micifuz yo le llamé. Ohh, Micifuz, qué peludo eres amigo, con tu cola de ratón y con pelo en el ombligo».

Divisó una fábrica a lo lejos, lo intentó nuevamente y esta vez lo hicieron pasar. Una persona revisó sus antecedentes y le dijo lo siguiente: «señor, usted tiene estudios, es una persona muy capacitada y elegante. Lo único que le puedo ofrecer es un puesto de barrendero y operario. ¿Está seguro que no le importará que sus vecinos sepan que está trabajando de eso? ¿No le dará vergüenza?». Miguel Ángel lo miró con ternura y le respondió: «tengo dos hijos en casa que me esperan; mientras sea un trabajo honrado estaré encantado de hacerlo». Dicho y hecho, a partir de ese mismo día se puso a barrer largos pasillos, a limpiar pisos y muchas otras cosas.

Pese a la guerra, en casa todo iba muy bien y a los chicos nunca les faltó nada; tuvieron comida de buena calidad, útiles para la escuela, ¡incluso juguetes! Y sobre todo mucho amor.

Cierta mañana a Miguel Ángel lo mandaron a construir un horno para hacer pan; cuidadosamente puso ladrillo sobre ladrillo, hasta que terminó el trabajo, el cual hizo con mucha dedicación y de la mejor forma que podría haberlo hecho. Esa vez terminó con las manos con callos y heridas, debido a que no estaba acostumbrado a hacer ese tipo de trabajo. Sin embargo en vez de deprimirse, volvió cantando a casa muy animado. Esa vez les hizo una televisión a los chicos, pero no cualquiera, sino una increíble que armó con una caja de madera, para luego contar cuentos con títeres dentro de ella. ¡Eric y Denisse lo pasaron genial!

Afortunadamente con el tiempo la guerra terminó y todo fue mejorando. Incluso Miguel Ángel consiguió un trabajo mejor y las cosas fueron volviendo gradualmente a la normalidad.

Con los años, cuando Denisse y Eric ya eran adultos, se enteraron de que durante el período que duró la guerra tanto su mamá como su papá comieron solamente papas: papas cocidas al desayuno, papas fritas al almuerzo y puré de papas en la noche. Todos los otros alimentos se los dieron a los niños para que se alimentaran bien, estuvieran saludables y se desarrollaran. Aún ahora, luego de muchos años, Denisse y Eric recuerdan a su papá caminando y cantando bajo la lluvia, alegre y de buen ánimo: «caminando por el bosque un gatito me encontré, como no tenía nombre Micifuz yo le llamé. Ohh, Micifuz, qué peludo eres amigo, con tu cola de ratón y con pelo en el ombligo».

 

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Microcuentos: Metamorfosis en la biblioteca

Niños en la biblioteca

Nota: con este microcuento gané el primer puesto del Primer Concurso de Microrrelatos Bibliotecuento, organizado por la Casa de la Literatura Peruana, a fines del 2016.


El niño leyó los libros que tenía en su casa, luego los de los primos, amigos, tíos, abuelos y de todo el barrio. Entonces comenzó a ir a la biblioteca, en la cual devoraba colecciones completas.

Gradualmente le fueron creciendo los bigotes, saliendo una cola, e incluso llegó el día en que tuvo que usar anteojos, los cuales sujetaba sobre sus grandes orejas redondeadas. Sentía que se iba achicando conforme avanzaba el tiempo. De todas formas eso era ideal, ya que entre más pequeño se hacía, se le facilitaba subir por los estantes para alcanzar los libros que estaban más arriba. Además se hizo un adicto al queso.

Luego de haber trabajado un montón de años como bibliotecario, el señor Pérez se jubiló y se dedicó a realizar un registro dental de la población infantil, pero eso es harina de otro costal.

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Cuentos infantiles: Dos princesas pedurras

Por Luis Eduardo Vivero.

Basado en una historia real. Cualquier coincidencia es a propósito.

Érase un reino muy lejano en el tiempo y en el cosmos. Una princesa iba caminando por la izquierda; lucía un peinado muy sofisticado al estilo de Cristóbal Colón, un superhéroe venido a menos del planeta Tierra. Era delgada y muy quisquillosa, por lo cual no solía tener muchos amigos.

A su vez, otra princesa iba caminando por la derecha; tenía una cabellera larguísima, la cual le daba chasquidos en su cintura, como si portara cascabeles en el cinturón. También tenía un genio de los mil demonios, aunque cuando quería era todo un amor.

De pronto y sin quererlo, sus caminos se cruzaron; de inmediato los diplomáticos se mostraron los diplomas de honor que daban fe de la nobleza de cada una de ellas.

Debido a que no era común encontrarse con una de su clase, decidieron darse una oportunidad para conocerse, de modo que tomaron el té a la sombra de un sauce llorón. Todo iba de maravilla, aunque de vez en cuando se peleaban casi hasta despellejarse. Afortunadamente a la mañana siguiente se levantaban como si nada hubiera pasado, por lo cual la amistad iba viento en popa.

Cierto día quedaron de acuerdo para hacer una piyamada esa misma noche. Los respectivos séquitos se esforzaron en elegirles los mejores piyamas del planeta, de tal forma que el evento fuera recordado por generaciones.

Esa noche tuvieron fuegos artificiales sin sonido, para no molestar al resto de los animales de la región. También tomaron leche de almendra con cacao, canela, clavo de olor y dulce de caña, una bebida que se le atribuía a los dioses.

Como comprenderán, ya estaban aburridas de hacer gala de sus joyas y de hablar trivialidades, por lo cual resolvieron hacer algo divertido e innovador: un campeonato de pedos. Primero una, luego la otra con mayor potencia. Entonces la primera con efectos especiales y la segunda con efectos espaciales. Por los ventanales de la torre se escuchaban risas, arcadas y llanto de tanto que lo estaban disfrutando.

No se sabe quién de las dos ganó la competencia de pedos, ya que los criados tuvieron que abandonar el lugar debido a que no habían suficientes máscaras antigases para todos. De lo que sí se habló por generaciones fue de la noche inolvidable que pasaron estas dos amigas, una vez que se liberaron de todo prejuicio, etiqueta y sobre todo de los gases.

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Cuentos infantiles: Lucy la luciérnaga

Lucy la luciérnaga – ilustración de Silvia Sugasti

Por Luis Eduardo Vivero

Dedicado a todo quien con sus actos se dedica a iluminar el camino de otras personas.

Cuando Lucy apareció en el planeta todos la miraron extrañados, no solo porque tenia todos los colores del mundo, sino porque era la primera luciérnaga que volaba en la Tierra. Tenía que tener todos los colores porque de ella saldrían todas las otras especies, por eso ella era especial.

Lucy iba volando maravillada, conociendo una y otra cosa, ya que todo era nuevo para ella, cuando de pronto una hormiga dijo:

– Mira pero qué colérica es ese bicho, todo pintado. Y anda por el mundo sin hacer nada, no como nosotras que somos tan trabajadoras…

Y una mariquita agregó:

– Y qué mal gusto para elegir los colores de su vestimenta, no como nosotras, que somos rojas con puntitos negros.

Y una abeja agregó:

– Se anda exhibiendo sola por el mundo, ¡seguro que anda buscando marido, cuidado chicas!

Lucy las saludó muy animadamente con un:

– ¡Buenos días señoritas, que tengan una linda jornada!

Durante el día Lucy tenía mucho sueño debido a que le gustaba volar de noche. Así es que cierta mañana iba volando con unas ojeras tremendas cuando de pronto la hormiga dijo:

– Qué espanto ese bicho que no hace nada, ¡deberían ponerla a trabajar! No como nosotras, que estamos juntando comida para el invierno.

Y la mariquita agregó:

– Quizás no le dieron ninguna habilidad y es por eso que no hace nada. No como nosotras, que controlamos las plagas de pulgones…

Y la abeja agregó:

– Eso sería muy cruel, una especie que no sirve para nada. No como nosotras, que somos las encargadas de llevar a cabo la polinización, y con ello hacemos que la vida sea posible…

En esta oportunidad Lucy escuchó los chismes de la hormiga, de la mariquita, y de la abeja, y se sintió muy triste. Ella se sentía diferente al resto y se le hacía difícil integrarse, así es que continuó volando cabizbaja y desanimada.

Cierta noche muy oscura se escuchó a lo lejos un sonido de alguien que evidentemente estaba pidiendo auxilio:

– Meee, meee, meee, ¡mamáaa!

Todos los animales, aves, insectos, árboles y plantas se callaron y prestaron oído:

– Meee, meee, meee, ¡mamáaa, ayúdame!

Entonces todos supieron que se trataba de un chivito que había subido a un peñasco sin el permiso de su mamá, y que ahora no sabía como bajar sin hacerse daño.

Corrieron a avisarle a la mamá y esta llegó al pie del peñasco. Sin poder ver lo suficiente para subir, comenzó a gritar:

– Hijito, ¿dónde estás? ¡No veo nada!

– Meee, meee, no sé mami, yo tampoco veo nada, ¡tengo mucho miedo, meee, meee! – respondió el corderito.

– ¡Sujétate hijito, ya en la mañana podrás bajar!

– ¡Mami, ya casi no puedo, estoy perdiendo la estabilidad! – contestó el hijo.

Cuando el chivito estaba a punto de desbarrancarse, ¡adivinen quién apareció! Sí, era Lucy, alumbrando el camino con la luz que emitía. Y no iba sola, ni con diez, veinte ni cincuenta, ¡sino que con cientos de amigos y amigas! Todas volaron rápidamente en formación de rescate hacia el peñasco. Gracias a la luz de las luciérnagas, el chivito pudo ver por donde bajar y llegó al lado de su mamá. Se escuchó un suspiro de alivio: ‘ohhh’.

Entonces la hormiga dijo:

– Vaya, qué útil es la habilidad que tiene Lucy. ¡Se la tenía guardada esta bandida!

Y la mariquita agregó:

– Yo siempre supe que Lucy debía tener escondido un as bajo la manga. ¿Vieron qué lindos colores tiene?

Y la abeja comentó:

– ¡Qué linda eres, Lucy! Hoy he aprendido que cuando está más oscuro, hay mayores oportunidades de ayudar a los demás.

Y de esa forma Lucy continuó alegrando la vida de muchos seres y pintando sus días con sus colores maravillosos.

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Cuentos infantiles: Ida y vuelta

Dibujo de Amira Vivero Sugasti, 8 años.

Por Luis Eduardo Vivero.

Cierta tarde Daniel iba llegando a dar una clase luego de un viaje acalorado y oloroso en un bus atestado de gente. Entonces sacó una pastilla de menta y se la echó a la boca. Como ya habían varios niños en la sala, les ofreció una a cada uno y todos aceptaron, inclusive Martina, una niña que se veía muy seria y tímida.

– Qué bueno que te gustó la pastilla de menta, Martina, porque se me había caído al suelo – dijo Daniel.

Martina abrió los ojos tanto como pudo y quedó con una expresión de suspenso.

– La buena noticia es que estaba chupada y quedó limpiecita – agregó Daniel.

Martina se rió nerviosamente y consideró botar la pastilla, pero no lo hizo. Solo dijo algo muy breve: ¿qué?

– Bueno, en realidad no la chupé yo, lo hizo Bobi, un perro que vive en el mercado. Lo único malo es que justo antes de eso estuvo comiendo pescado. Pero no te preocupes porque tiene todas las vacunas al día e incluso está desparasitado.

– ¡Qué asco, profesor! ¿Si había que el perro la había chupado para qué me la dio? – preguntó la niña muy molesta.

Cuando Martina estaba a punto de sacarse la pastilla de la boca, Daniel dijo:

– Nah, no te preocupes, ¡es solo una broma!

Entonces todos los niños se echaron a reír y Martina continuó dándole vueltas en la boca a la pastilla de menta.

Daniel estaba transpirando como loco y pensó en voz alta lo siguiente:

– Ojalá tuviera una botella de agua para refrescarme. ¡Ya no aguanto este calor infernal!

– Aquí tengo una, profesor, le convido si quiere – ofreció Martina muy amablemente.

– ¡Muchas gracias Martina! – dijo entusiasmado el profesor.

Entonces Daniel tomó un largo sorbo de agua, luego se echó un poco en la cara, cabeza y brazos, demostrando un agrado y frescura enormes. Eso hasta que Martina dijo lo siguiente:

– Qué bueno que le haya gustado profesor, porque mi hermano menor le echó saliva a la botella…

– ¿Qué? – preguntó Daniel con preocupación.

Esta vez fue Daniel quien abrió los ojos tanto como pudo.

– Bueno, en realidad no fue tan así. Lo que sucede es que sin darme cuenta, mi hermanito estaba haciendo gárgaras con el agua y devolviéndola a la botella. El problema es que había comido flan de vainilla y por eso es que el agua está un poco amarilla. Pero no se preocupe, que mi hermano tiene todas las vacunas al día… – explicó Martina con una sonrisa que apenas se percibía.

– Pero Martina, si sabías todo eso, ¿por qué me ofreciste el agua? Ah, seguramente lo hiciste por venganza – acotó Daniel, quien se limpiaba la boca con la manga y miraba con asco sus brazos, hasta que Martina agregó algo inquietante…

– Profesor, no le dije porque en realidad no es agua, sino una muestra de pis de mi abuelo. Pero él está muy bien de salud justamente porque bebe su pis. A eso se le llama orinoterapia.

– ¡Pero qué asco es esto, Martina! Te acusaré con tus papás cuando vengan a buscarte – dijo Daniel muy molesto.

Entonces Martina aclaró la situación:

– No se moleste profesor, ¡es solo una broma!

La sonrisa finalmente volvió al rostro de Daniel y todos se destornillaron de la risa. Luego de eso pudieron comenzar la clase.

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