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Cuentos infantiles: Ida y vuelta

Dibujo de Amira Vivero Sugasti, 8 años.

Por Luis Eduardo Vivero.

Cierta tarde Daniel iba llegando a dar una clase luego de un viaje acalorado y oloroso en un bus atestado de gente. Entonces sacó una pastilla de menta y se la echó a la boca. Como ya habían varios niños en la sala, les ofreció una a cada uno y todos aceptaron, inclusive Martina, una niña que se veía muy seria y tímida.

– Qué bueno que te gustó la pastilla de menta, Martina, porque se me había caído al suelo – dijo Daniel.

Martina abrió los ojos tanto como pudo y quedó con una expresión de suspenso.

– La buena noticia es que estaba chupada y quedó limpiecita – agregó Daniel.

Martina se rió nerviosamente y consideró botar la pastilla, pero no lo hizo. Solo dijo algo muy breve: ¿qué?

– Bueno, en realidad no la chupé yo, lo hizo Bobi, un perro que vive en el mercado. Lo único malo es que justo antes de eso estuvo comiendo pescado. Pero no te preocupes porque tiene todas las vacunas al día e incluso está desparasitado.

– ¡Qué asco, profesor! ¿Si había que el perro la había chupado para qué me la dio? – preguntó la niña muy molesta.

Cuando Martina estaba a punto de sacarse la pastilla de la boca, Daniel dijo:

– Nah, no te preocupes, ¡es solo una broma!

Entonces todos los niños se echaron a reír y Martina continuó dándole vueltas en la boca a la pastilla de menta.

Daniel estaba transpirando como loco y pensó en voz alta lo siguiente:

– Ojalá tuviera una botella de agua para refrescarme. ¡Ya no aguanto este calor infernal!

– Aquí tengo una, profesor, le convido si quiere – ofreció Martina muy amablemente.

– ¡Muchas gracias Martina! – dijo entusiasmado el profesor.

Entonces Daniel tomó un largo sorbo de agua, luego se echó un poco en la cara, cabeza y brazos, demostrando un agrado y frescura enormes. Eso hasta que Martina dijo lo siguiente:

– Qué bueno que le haya gustado profesor, porque mi hermano menor le echó saliva a la botella…

– ¿Qué? – preguntó Daniel con preocupación.

Esta vez fue Daniel quien abrió los ojos tanto como pudo.

– Bueno, en realidad no fue tan así. Lo que sucede es que sin darme cuenta, mi hermanito estaba haciendo gárgaras con el agua y devolviéndola a la botella. El problema es que había comido flan de vainilla y por eso es que el agua está un poco amarilla. Pero no se preocupe, que mi hermano tiene todas las vacunas al día… – explicó Martina con una sonrisa que apenas se percibía.

– Pero Martina, si sabías todo eso, ¿por qué me ofreciste el agua? Ah, seguramente lo hiciste por venganza – acotó Daniel, quien se limpiaba la boca con la manga y miraba con asco sus brazos, hasta que Martina agregó algo inquietante…

– Profesor, no le dije porque en realidad no es agua, sino una muestra de pis de mi abuelo. Pero él está muy bien de salud justamente porque bebe su pis. A eso se le llama orinoterapia.

– ¡Pero qué asco es esto, Martina! Te acusaré con tus papás cuando vengan a buscarte – dijo Daniel muy molesto.

Entonces Martina aclaró la situación:

– No se moleste profesor, ¡es solo una broma!

La sonrisa finalmente volvió al rostro de Daniel y todos se destornillaron de la risa. Luego de eso pudieron comenzar la clase.

Escritor de literatura infantil y de cuentos para niños grandes. Emprendedor, meditador e Ingeniero electrónico. Viajero cósmico y enamorado de la vida.
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Cuentos infantiles: El canguro que quería tocar la guitarra

Por Luis Eduardo Vivero.

CanguroHabía un canguro pequeñito y muy orejón, con unas patas delanteras cortitas y unas traseras grandes y fuertes para saltar muy lejos. A sus amigos y primos les encantaba andar saltando por todas partes; hacían competencias de salto alto y largo, y también de quién llegaba más rápido a la casa luego de la escuela.

Sin embargo a este canguro no le gustaban esos juegos porque eran competitivos. Además él tenía otros gustos, tales como quedarse viendo una puesta de sol con sus papás, pintar con el abuelo o escuchar los cuentos de su abuela cangura.

Cierto día en la escuela les preguntaron qué querían ser de grandes; unos dijeron que bombero, otros doctor, profesora, paracaidista, etc., hasta que le tocó el turno de responder a este canguro. Entonces con voz fuerte y clara dijo: quiero ser guitarrista profesional. Primero se escuchó un silencio como el que se escucha en el desierto, luego sus amigos se rieron de él y le comenzaron a decir un montón de cosas de mal gusto:

– ¿Por qué no puedes elegir algo normal?
– ¿Acaso crees que vas a poder vivir de eso?

Y para rematar el asunto, alguien dijo:

– ¡Cómo vas a poder tocar la guitarra con las manos tan cortas! ¿No te das cuenta que no puedes?

El canguro se sintió apesadumbrado y con el corazón compungido de tristeza. Nunca antes en su vida se había sentido de esa forma.

Cuando llegó a su casa contó lo sucedido, momento en el cual su abuela se puso en cuclillas y le dijo:

– Nieto de mi corazón: yo sé que tú puedes hacerlo. Tú siempre puedes, solo tienes que trabajar duro para alcanzar tus sueños.

La mamá y el papá decidieron llevarlo a clases con un jabalí que tocaba el ukelele, una guitarra hawaiana, similar en tamaño al charango. Entonces el pequeño canguro practicó, practicó y continuó haciéndolo por muchos días.

Hasta que llegó el momento de la presentación. El cangurito salió a escena con su ukelele. Todos estaban sorprendidos y encontraron divertido el instrumento. El público quería que pasara pronto para que se presentara el resto del curso, hasta que nuestro amigo comenzó a tocar.

Esa tarde tocó como los dioses; los asistentes sintieron cómo la melodía llegaba a sus corazones y los tocaba de forma especial. En ese instante supieron que el canguro sentía un amor y pasión inconmensurable por este arte.

Cuando el canguro terminó de tocar, todos se levantaron y aplaudieron tan fuerte como pudieron. El pequeño canguro dejó rodar una lágrima por su mejilla debido a la emoción que le produjo haber cumplido su sueño de convertirse en un artista.

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Cuentos infantiles: La leyenda africana de la hiena y la vaca

Hiena y vaquita

Por Luis Eduardo Vivero.

Cuenta una antigua leyenda del Congo que le contó el abuelo a mi amigo Makita, que había una hiena pequeñita, un poco pelada y con otros pelos largos. Tenía unos dientes que prometían ser muy grandes, y al contrario de sus semejantes, era gordita y tenía unas manchas grandes.

A la hiena no le importaba mucho que la molestaran, porque ella sabía que cuando creciera iba a poder cazar como sus papás, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, así es que no se hacía problema por eso. Pero tampoco le gustaba que le hicieran bromas de mal gusto.

Por otro lado también había una vaca jovencita, quien a diferencia de sus amigas tenía las manchas pequeñas, y no era blanca con manchas negras, ni tampoco negra con manchas blancas, sino que era de color café con unas manchas negras que se veían desordenadas y pequeñas.

La vaca no tomaba en cuenta cuando la molestaban debido a que sus papás le habían enseñado que los seres valen por lo que son y no por cómo se ven. Aunque para ser sinceros, tampoco le agradaba que le dijeran cosas insensatas.

Cierto día la vaca se perdió de la manada porque iba paseando y silbando, distraída por la pradera de la sabana. Por pura coincidencia, la hiena se perdió también porque había estado siguiendo a una mariposa que volaba de flor en flor. Ese día pasó algo que cambiaría sus vidas, un suceso que en cualquier otro caso habría salido mal para una de ellas…

De pronto sus caminos se cruzaron: la pequeña hiena pensó en atacar, pero no sabía cómo hacerlo, además al parecer no había necesidad. La ternera pensó en defenderse, en llamar a su manada o en huir, pero según vio, no había necesidad. Así es que cada una se acercó a la otra, se olieron, lamieron y se pusieron a contar sus vidas.

Las dos tenían algo en común: estaban fuera de los estereotipos en sus manadas y tenían que concentrarse en lo bueno de la vida para salir adelante y ser felices. Entonces, se les ocurrió algo muy novedoso para expandir sus conocimientos acerca de la vida de la otra especie: la hiena se disfrazaría de vaca y se introduciría en la tribu de su amiga becerra. Por otra parte, la vaca se disfrazaría de hiena e iría a reunirse con la tribu correspondiente. ¡Qué peligroso sería para cada una de ellas!

La vaca le pintó unas manchas grandes a su amiga hiena y le sacó los pelos largos, cosa que fue un poco dolorosa, pero estaban dispuestas a todo por la aventura. La hiena le afiló los dientes a la vaquita y la ensució con un poco de barro para que pasara desapercibida. En ese instante estuvieron listas y cada una regresó a la manada opuesta. Cuando la vaca llegó a la tribu de la hiena, hizo todo lo posible para gruñir y jadear como lo hacen esos animales. Unas hienas jóvenes quisieron jugar a las peleas con ella, pero como no estaba acostumbrada a eso les dijo que tenía hambre y que volvería más tarde.

Como las hienas huelen un poco mal, cuando la pequeña hiena llegó al rebaño de su amiga, varias vacas grandes la encontraron sucia y quisieron lamerla; ella les dijo que no se había bañado porque estaba resfriada y que se iba a echar una siesta para sentirse mejor.

Cuando llegó la hora de comer, la vaca no pudo comer carne y dijo que estaba afiebrada, por lo cual se fue a acostar temprano. Cuando llegó la hora de comer para las vacas, la hiena intentó comer pasto, pero se enfermó del estómago y vomitó abundantemente.

A la hora de dormir, la hiena fue llevada al centro del rebaño de vacas, en donde se sentía aplastadísima, pero también muy cuidada, segura y abrigada. Además tomó leche de vaca, la cual le encantó. Nunca pensó que ser una vaca sería tan bueno.

Por el lado de la vaca, a la hora de dormir la empujaron al suelo y tuvo que acurrucarse con un montón de hienas pequeñas. Si bien es cierto que se sentía incómoda por los olores y los ruidos, todas las hienas la lamieron y la hicieron sentir como en casa. Nunca pensó que ser una hiena sería tan bueno.

Al otro día y según lo planeado, cada una volvería a su manada para no levantar sospechas. Se encontraron en el camino y dijeron lo siguiente:

– Amiga vaca: lamento que mi especie se coma a la tuya. Nunca pensé que la vida de las vacas sería tan linda y agradable. Aunque al comienzo estaba asustado, lo pasé muy bien y disfruté cada momento que estuve en tu lugar. ¡Muchas gracias!

– Amigo hiena: lamento que mi especie hable tan mal de la tuya. Nunca pensé que la vida de las hienas sería tan linda y agradable. Aunque al comienzo estaba asustada, lo pasé muy bien y disfruté cada momento que estuve en tu lugar. ¡Muchas gracias!

Cada animal volvió a su manada y continuó su vida de forma normal. No se sabe si la hiena volvió a comer carne de vaca otra vez. Tampoco se sabe si la vaca vio a las hienas como unas malvadas con el pasar del tiempo. Pero a partir de ese momento ambas aprendieron algo muy importante:

Que no hay límites de raza, color, edad, educación, situación económica ni olor cuando se trata de hacer amigos.

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Cuentos infantiles: El elefante asustadizo

Escrito por Luis Eduardo Vivero.

El elefante asustadizo

Dibujo de Amira Vivero Sugasti

Érase un ratón que le tenía miedo a los elefantes. Cierto día se encontró de frente y por sorpresa con el elefante más grande que había pisado la Tierra jamás. Antes de que el ratón corriera a esconderse, el elefante pegó un grito tremendo y saltó sobre una piedra, en la cual tuvo que hacer equilibrio para no caerse.

El ratoncito no salía de su asombro y no comprendía cómo un animal tan grande y fuerte podría temerle a quien parecía ser tan insignificante y pequeño como él. Entonces se atrevió a romper el hielo y preguntó:

– Míster elefante, ¿por qué está tan asustado?

El elefante respondió:

– Es que dicen que los ratones son muy peligrosos y que lo mejor es mantenerse lo más alejado posible de ellos. Más que nada porque son tan cochinos y podrían transmitirles alguna infección, microbio y microorganismo a nuestros delicados y avanzados sistemas fisiológicos. Lo siento, no es nada personal…

Como comprenderán, el ratoncito no se lo tomó muy bien y contestó de la siguiente forma:

– Míster elefante, sepa usted que soy un ratón de campo y que me alimento de forma saludable. Me lavo seguido a la orilla del mismo río en el que usted se baña. Además considero el colmo de la cobardía que un elefante crecidito como usted le tenga pánico a un ratoncillo como yo, que soy tan chiquitito pero tan chiquitito que quepo en la palma de una mano de humano. Lo siento, no es nada personal…

El elefante se sonrojó, se bajó de la piedra y balbuceó lo que sigue:

– Este, bue-bueno, claro, perdone usted joven ratón, es que a veces se producen malentendidos que duran por generaciones. Hay todo un asunto cultural de por medio y espero poder hacer algo al respecto para cambiar esta situación. ¿Se le ocurre alguna cosa? Quedo a su disposición.

El ratón estaba impresionado por la actitud positiva del elefante y respondió con lo primero que se le vino a la mente:

– ¿Quieres jugar a saltar la cuerda? Puedo llamar a mis amigos para que muevan la cuerda, pero eso sí, tú saltas primero y luego yo, para evitar aplastamientos…

– ¡Por supuesto amigo ratoncito! ¿Puedo invitar a un par de amigos? ¡Podemos traer pastelitos!

Y de esa forma los amigos nuevos pasaron una tarde inolvidable, jugando, estableciendo lazos y comiendo unos ricos pasteles de fresa.

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Cuentos infantiles: La elefanta fantabulástica

Elefanta fantabulástica

Dibujo de Diana, realizado en el Club de Lectura Infantil

Escrito por Luis Eduardo Vivero.

Nota: este cuento fue escrito para las dinámicas de los talleres de lectura entretenida para niños en el Club de Lectura Infantil.


Ese domingo el sol estaba radiante y se sentía un calorcito riquísimo. La señora hipopótamo vendía helados de diferentes sabores, jugos de fruta y globos de helio. Todo pintaba para ser un día perfecto y vaya que lo fue…

En cierto instante apareció una elefanta fantabulástica, meneando las caderas con la misma suavidad que lo hace una flor al viento. Vestía un bikini pequeñito, lo cual causó una tremenda sensación entre todos los que estábamos ahí. Teníamos los ojos que ya se nos salían de la impresión, mientras ella parecía caminar elegantemente por una pasarela.

Subió la escalera del trampolín olímpico a duras penas. La expresión de nuestros rostros cambió a preocupación, ya se imaginarán porqué… Todos los animales – incluyendo cocodrilos e hipopótamos – despejaron la piscina y nos preparamos para lo peor. Finalmente la elefanta se lanzó al vacío, gritando:

– ¡Juanitoo!

Los diez metros se hicieron interminables y con pavor advertimos que la elefanta se iba a dar un panzazo de proporciones épicas. No tuvimos tiempo de reaccionar cuando de un momento a otro una ola nos tapó por completo y quedamos completamente mojados.

La elefanta tardó un poco en reincorporarse debido a la conmoción del salto. Para sorpresa de todos, se le había bajado la parte superior del traje de baño… En eso – sin pensarlo dos veces – un burro saltó a la piscina ya casi vacía y la tapó con su toalla. La elefanta exclamó emocionada:

– ¡Mi Juanito al rescate, eres mi héroe!

Se dieron un tremendo beso, mientras una tropa de elefantitos con cola de burro llenaban la piscina con sus trompas, diciendo:

– Ayayay, mami lo hizo nuevamente…

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Cuentos infantiles: Maricoco, el cocodrilo con alas de mariposa

Maricoco

 

Escrito por Luis Eduardo Vivero e ilustrado por Silvia Sugasti.

En lo profundo del Amazonas vive un ser muy especial; se llama Maricoco y es un cocodrilo pequeño, muy tierno y con alas de mariposa. Debido a que es liviano puede volar por todas partes. Le encanta pasear por la ribera del río Amazonas y recolectar frutas de todo tipo, con las cuales su mamá mariposa le prepara unos pasteles riquísimos.

Cierto día iba volando descuidadamente por la selva, distraído debido a que había llegado una colonia de mariposas azules maravillosas que andaban de visita por la temporada de vacaciones. Sin darse cuenta, casi chocó con un ser alado pequeñito, con cuerpo humano.

Ambos quedaron muy sorprendidos al verse, ya que cada uno de ellos encontraba al otro realmente diferente y llamativo. Inmediatamente se acercaron para ver cómo tenían los ojos, el color de piel, etc., incluso se olieron. Luego de un momento Maricoco se quedó sin palabras, por lo cual ella se presentó:

– Hola, me llamo Volantina y soy un hada que vive en este bosque. Estoy aquí para acompañar a las mariposas azules que andan de paseo. ¿Cómo te llamas?

– Este yo, yo, me llamo Maricoco y también vivo aquí. Nunca había visto un hada, te quedan muy lindos esos colores del vestido.

– Ay pero qué divino eres Maricoco, muchas gracias. Como te decía, yo soy un hada, somos habitantes de las zonas interiores de la selva y de los bosques. Y tú, ¿de qué especie eres? – Consultó Volantina, abriendo los ojos lo más que podía y desplegando sus orejas como antenas.

– Ahh bueno, comprendo tu sorpresa, es que no hay muchos como yo. De hecho nunca he visto a alguien más de mi tipo. Lo que pasa es que mi mamá es una mariposa que se enamoró perdidamente de un cocodrilo de río. Pese a las advertencias de mi abuelita, se involucró con él y bueno, aquí me ves… – Explicó Maricoco de la mejor forma que pudo.

– Mira qué bien, la naturaleza no deja de sorprendernos. Pues déjame decirte que eres un ejemplar muy especial y único, deberías estar contento por eso. ¡Nosotras somos tantas que hasta cuesta encontrar nombres originales para que puedan identificarnos!

– Sí, no te preocupes Volantina, mi mamá se ha encargado muy bien de mí y tengo claro que aunque seamos diferentes por afuera, todos tenemos sentimientos y las mismas necesidades, como también derecho a vivir en paz y a ser felices en este planeta – Dijo Maricoco con seguridad y una gran sonrisa, mostrando sus pequeños y filudos dientes.

– ¡Vaya que te ha enseñado bien tu mamá! Mira Maricoco, este es tu día de suerte porque voy a cumplir uno de tus deseos. Pero piénsalo bien porque es solo uno y no se puede cambiar luego de haberlo dicho. ¿Está bien?

Maricoco no cabía de la sorpresa y se quedó sin habla nuevamente. Hasta que reaccionó y dijo lo siguiente:

– ¡Qué increíble Volantina, muchas gracias! Ya sé que quiero pedirte, en realidad siempre lo he sabido…

– ¿Qué es lo que quieres pequeño amigo?

– Quiero ser un cocodrilo graaande como mi papá y así conocer a toda mi familia del río. Solo por las vacaciones, es que luego tengo que volver con mi mamá y a la escuela – Explicó Maricoco.

– Pues muy bien, te felicito por haber pedido un deseo tan bueno como ese. Y ahora te lo concederé.

Entonces Volantina sacó su varita mágica de la cartera y dijo lo siguiente:

¡Wa-chan-wer!

Y en un cerrar de ojos Maricoco se transformó en un tremendo cocodrilo. Estuvo con la boca abierta un rato hasta que se convenció de su nueva forma.

El hada le advirtió lo siguiente:

– Maricoco, ahora eres un ser muy fuerte y poderoso, utiliza esas habilidades de buena forma, sin dañar a nadie.

– Él respondió afirmativamente con la cabeza, ya que todavía no lograba hacer funcionar la lengua y la sentía un poco adormecida.

Finalmente y luego de años, Maricoco pudo zambullirse en el río y conocer a sus abuelas, abuelos, primos y escuchar las historias de su papá. Le hicieron una fiesta de bienvenida y lo pasó muy bien. Cuando le ofrecían algo para comer, él pedía pasteles y tartaletas de fruta. Al comienzo lo quedaban mirando extrañados, pero se acostumbraron rápidamente a las costumbres de Maricoco y lo consintieron un montón.

Aprovechó de hacer nuevos amigos que de otra forma no habría sido posible. Nadó como loco por el río, jugó al pillarse y se tiró de panza en el barro a tomar sol. Lejos fueron sus mejores vacaciones.

El tiempo pasó rapidísimo y llegó el momento de despedirse. Toda la familia se puso en fila y Maricoco se despidió de cada uno de ellos. Se retiró lentamente y con una sonrisa de oreja a oreja, esperando volverlos a ver algún día.

Salió del agua y bordeó un árbol frondoso. Cuando ya se había alejado del río, sintió unas cosquillas en el cuerpo y ¡zas! Volvió a tener el cuerpo de siempre. Ahí estaba su mamá y Volantina, quienes habían estado pendientes todo el tiempo de él.

– ¡Mamá, mamá, por fin estoy aquí, te extrañé! – Dijo Maricoco.

– ¡Y yo a ti, hijito, qué bueno que estás de vuelta! – Respondió la mamá.

Se abrazaron como si no se hubieran visto en años y le dieron gracias a Volantina, quien estaba muy contenta porque todo estaba volviendo a la normalidad. Los tres salieron volando de flor en flor, tomados de la mano y contándose las historias que habían acumulado en ese tiempo.

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Cuentos infantiles: La Caperucita Azul y el Lobito no Feroz

La Caperucita Azul y el Lobito no Feroz

 

Escrito por Luis Eduardo Vivero e ilustrado por Silvia Sugasti.

Dicen que el mundo es como lo pensamos. Justamente por eso es que en una dimensión paralela existía un lobito no feroz muy tierno y amistoso, con unas orejas peludas y unos dientes largos que usaba para comer una de sus comidas favoritas, choclo asado con mantequilla.

El lobito estaba listo para salir a un chocolate literario en donde iba a leer cuentos junto a amigas y amigos del pueblo. Pero había un problema: el lobito no feroz sentía que era muy goloso y que no iba a ser capaz de llevar todas las cosas deliciosas que tenía en la canasta sin comérselas, a saber: una manzana roja, otra verde, una caja de chocolates, un envase con mermelada y frutos del bosque.

De hecho el lobito estaba salivando de solo pensar en todas las exquisiteces que tenía… Pero había dentro de sí algo más grande que su glotonería, la voluntad de ir al chocolate literario y compartir con sus amiguitos.

Dicen que siempre hay al menos una salida a los problemas y fue justamente así como la Caperucita Azul llegó caminando y le dijo:

– Hola lobito no feroz, ¿qué haces detenido en el camino, no tenías una actividad entretenida en la tarde?

– Sí, Caperucita Azul, pero es que estoy complicado con algo… – respondió acongojado el lobito.

– Ohh, dime amiguito, ¿hay algo en lo que te pueda ayudar? – consultó la solícita Caperucita Azul.

– Sí, azulina, lo que pasa es que no me atrevo a llevar toda esta comida tan deliciosa por el camino, porque se ve muy buena y me la podría comer antes de llegar. Entonces no me animo a partir todavía – explicó el lobito cabizbajo.

– Ohh, qué tierno eres Lobito no Feroz; está bien, te acompañaré al chocolate literario para evitar que llegues sin nada. Eso sí, llevaremos la canasta entre los dos, una cuadra cada uno. De esa forma aprenderás a forjar tu voluntad. ¿Está bien?

– ¡Sí Caperucita Azul, muchas gracias!

Conversaron durante el camino, contaron historias, se intercambiaron la cesta y todo anduvo de maravilla, mejor de lo que el lobito podría haber imaginado.

Y de esa manera el Lobito no Feroz aprendió que cualquier falencia de actitud puede ser resuelta con una firme voluntad.

Cuando finalmente llegaron, pusieron las cosas en la mesa, compartieron cuentos y muchas cosas deliciosas con sus amiguitos.

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Cuentos infantiles: Un cuento dentro de otro cuento dentro de otro cuento

Por Luis Eduardo Vivero

Fractal

Dicen los que cuentan cuentos que había un cuento dentro de otro cuento dentro de otro cuento que era secreto. Entonces como ese cuento era secreto, no se podía leer el cuento que estaba dentro de otro cuento, que a su vez estaba dentro de otro cuento.

Sin embargo cierto día llegó una viejita que tenía una llave muy vieja, la cual a su vez tenía otra llave dentro de ella, la que escondía una llave que abría todas las puertas secretas del universo. Entonces se metió al cuento que estaba dentro del otro cuento y llegó a estar frente al cuento secreto. En ese momento, tomó la llave vieja que tenía otra llave más vieja y que guardaba la llave más antigua de todas. La sacó, la limpió con saliva y la secó con su vestido. ¿Ya se imaginan qué hizo? Con seguridad y sin temblor en la mano, abrió por fin el cuento secreto, del cual salieron volando aves paradisíacas, mamuts rosados y elefantes voladores, entre otros animales maravillosos.

A medida en que pasaba el tiempo, la luz y el amor que habían estado encerrados en el cuento secreto se fueron expandiendo al otro cuento y al otro cuento, de tal forma que cada vez se iba incrementando.

Desde que la viejita había abierto el cuento secreto se juntó tanta luz y amor en el cuento que contenía los otros que ya estaba por estallar. Afortunadamente eso no sucedió, porque una niña que era nieta de la viejita encontró el cuento. Y luego de que estuvo cerrado por muchos años, lo abrió y leyó el primer cuento. Después leyó el segundo cuento y sin poder dejar de leer, leyó el cuento secreto. Con sus ojitos llenos de asombro, vio como salían las aves coloridas y emplumadas, los mamuts rosados, elefantes voladores y otros animales increíbles al mundo real.

Y así fue como cada uno de esos seres magníficos trajeron la luz y el amor que los seres humanos y el planeta Tierra necesitaban para sanar. Todo comenzó de nuevo y ahora vivimos en paz.

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