Soy chileno y amo a mis hermanos bolivianos y peruanos

Oscuros acontecimientos fueron los que llevaron a estos pueblos a enfrentarse en dos bandos y a odiarse. Lo que comenzó como una iniciativa de la gente poderosa de la época, velando por sus beneficios individuales, llevó a que pobladores, ancianos, padres de familia e incluso niños pelearan por una causa ajena. Luego de algunos años, se comenzó a sembrar el odio contra el hermano al otro lado de la frontera.

Las guerras son terribles y el ser humano muestra su peor lado en esas circunstancias, dejando profundas heridas en las sociedades que las viven. Incluso después de casi ciento veinte años de haber pasado por un enfrentamiento bélico, estos pueblos no han dejado atrás lo que significó ese triste evento en la historia. Los gobiernos se encargaron que a través del sistema educativo se transmitiera un sentido errado del patriotismo, queriendo dar la impresión que un pueblo era mejor que el otro por ser más bravío, o por haber ganado de forma fenomenal una u otra batalla. La mayoría de la gente no se preguntó si todo eso era bueno para el alma, si a caso fomentar un sentimiento de superioridad ante nuestros congéneres era algo positivo o no, y lo aceptaron automáticamente como algo verdadero, pasándolo de una generación a otra.

Es cierto que cada pueblo tiene sus propias características que lo identifican y lo hacen único, desde la forma de hablar, los dichos, la vestimenta, la forma en que nos expresamos cultural y artísticamente. ¿Pero es que acaso somos tan diferentes? Para mí no lo somos; necesitamos respirar aire limpio, beber agua pura, alimentarnos, desarrollarnos como seres humanos en todas sus facetas, y sobre todo, requerimos amar y ser amados.

La Pachamama fue sabia al dibujar una cordillera que nos une, y que sin embargo, no tiene nacionalidad. Si le preguntan a Los Andes si es boliviana, peruana o chilena, va a mirar para otro lado, porque no le importan esas cosas. La madre tierra no sabe de límites geográficos, y para ella todos somos sus hijos, sin distinción. Lo mismo sucede con un quechua o aymara, ¿o creen que se sienten diferentes a sus hermanos que viven cruzando la frontera? El maravilloso cóndor no necesita pasaporte y vuela libre sin preocupaciones ni distinciones.

Es tiempo de crear nuevos lazos, de arreglar este entuerto que nos ha mantenido separados, de propiciar que nuestros hijos jueguen juntos y que comprendan que somos uno.

Hermanos y hermanas de Bolivia y Perú, sepan que aquí hay un chileno que los ama y abraza desde el corazón.

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